El almohadón de pluma

Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...

-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.

Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.

La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.

-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.

Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.

Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca –su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.

Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.

Horacio Quiroga (Salto-1868-Bs. As.1937)

Este cuento se pudo leer por primera vez en la revista " Caras y Caretas", Bs As, el 13 de julio de 1907.

Vocabulario:

Furtivo:

Frisos:

Estuco

Influenza:

Perlaron:

Antropoide:

Subdelirio:

Anemia:.

Lívido:

Síncope:

Crispadas:

EL CASO DEL ATRACO AL BANCO "DINERALE$"

Seis de la tarde. Juan Rodríguez, el crespo cajero con chaqueta a cuadros del Banco "Dinerale$", terminaba de hacer el arqueo y anotaba unas cifras en su libro de registro diario. Su compañero, Víctor Ponce, de espesas cejas y barba negra -que más lo asemejaban a un artista bohemio que a un empleado de banco-, lanzaba ruidosos bostezos luego de esa mañana agitada: era el último día del mes para pagar impuestos fiscales, y como siempre los clientes habían llegado a última hora. Se abrió la puerta de la oficina principal; la señorita Peggy, secretaria del Gerente Contador Pedro Retamar, salió a pasitos cortos, empinada sobre sus tacos y alisando su ceñida falda negra, que no contribuía en nada a facilitar sus movimientos.

Juan Rodríguez ni siquiera levantó la mirada. Ponce, en cambio, ajustó su chaqueta y preguntó en tono meloso: -¿No sobraría un cafecito, por ahí, para un pobre cajero exhausto? -¡Ay, chiquillos: no pidan café a esta hora! ¡Estoy lista para irme! -¿Y el jefe? -levantó la voz Rodríguez para preguntar. -Termina de hablar por teléfono, y también parte... En esos instantes Retamar, el gerente, salió de su oficina y con voz cortante ordenó: -Señorita Peggy , avise al guardia que ya nos vamos. Ponce y Rodríguez: ¿están listos? Ponce asintió con un gesto.

-Sí -dijo Rodríguez. La señorita Peggy, con el abrigo sobre sus hombros, caminó con aire inseguro hacia el guardia que aparecía tras una columna. -¡Nos vamos, Santos! -musitó con su voz de gato al alto y fornido guardia que infló un poco más su pecho. Los cajeros se dirigieron al gerente. -Señor Retamar, estamos listos para ir a la bóveda -dijo Ponce con tono respetuoso. Rodríguez, ya con una caja entre sus manos, donde se alineaban clasificados y amarrados con elásticos los distintos billetes, explicó a su jefe: -Son dieciocho millones y fracción. -Bien. Llévenlos ahora mismo -dijo el señor Retamar, mirando la hora, apurado por irse. Cuando los dos cajeros se aprestaban a obedecer, la puerta vidriada del banco dejó ver en la calle una camioneta gris que se estacionaba al frente. -¡Viene el camión blindado, señor! -dijo con gesto de sorpresa el guardián. - No puede ser! ¡Hoy no corresponde! -El Gerente frunció el ceño. Pero ya tres hombres vestidos de guardias se acercaban a la puerta de entrada. Santos preguntó: -¿Abro? -Aguántese un poco -dijo el gerente. Los hombres, afuera, esperaban. -Señorita Peggy: llame por teléfono a la central, y verifique si ellos enviaron el camión blindado a recoger el dinero -ordenó el jefe a su secretaria. Ella, nerviosa, dejó caer el abrigo de sus hombros y tomó el auricular más cercano. Pero no alcanzó a discar: un estampido hizo añicos el vidrio de la enorme mampara central, y tres hombres irrumpieron, pistolas en mano.

El guardia, rápido, desenfundó su arma. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, un chorro líquido helado lo paralizó. En medio de una angustiosa respiración que lo hacía toser, Santos se sintió sujeto de brazos y piernas, y con la presión de una enorme tela adhesiva en la boca. Cayó de bruces al suelo. Todo esto transcurrió en menos de un minuto; cuando Santos pudo mirar a su alrededor, vio a la señorita Peggy tiesa en una silla, maniatada y con mordaza, mientras sus enormes ojos maquillados clamaban por socorro. El gerente y los dos cajeros, boca abajo sobre el suelo, también con los pies atados y las manos presas a sus espaldas, miraban a los tres hombres de uniformes azules que huían con las cajas de billetes y subían a la camioneta. Todos ellos vieron cómo el vehículo se alejaba, raudo, con un chirrido de neumáticos. No había pasado una hora, y ya el inspector Soto interrogaba a los empleados del Banco "Dinerale$". Estos, sentados frente a él y aún temblorosos, se esforzaban por recordar cada detalle del atraco. -Sucedió todo como en las películas, inspector-gimoteó Peggy, mientras se abanicaba con un talonario de depósitos-: primero fue la explosión en los vidrios, luego el pobre Santos paralizado, y yo ... tratada a empujones y sin ningún miramiento... -Usted habla de vidrios quebrados, señorita, ¿y no oyó el ruido de las alarmas? Los cinco empleados se miraron con desconcierto. En verdad, nadie había escuchado los timbres de alarma. El inspector anotó algo en su libreta, y volvió a levantar la cabeza, aún en espera de respuesta. Santos, el guardia, dijo inseguro:-Las revisiones al sistema de alarma son diarias. Yo lo revisé a las tres de la tarde. Y nadie extraño al banco conoce su funcionamiento. -Entonces, es evidente que alguien del banco desconectó el sistema. -La voz autoritaria del señor Retamar tenía un tono de incredulidad. -Exactamente, señor, y no hay que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de ello -Soto los miró, inquisitivo, y añadió-: ¿Solamente ustedes cinco estuvieron aquí en la tarde? -Sí, hoy sí... -respondió la parlanchina señorita Peggy, tratando de acomodar su melena ondulada. -Bien, bien. -Soto acarició el lóbulo de su oreja-Necesito, con detalles, la versión de cada uno de ustedes del atraco. -¡Ya se la di -advirtió la secretaria, algo asustada. -Contó sólo el principio: siga adelante -dijo el inspector, tranquilizándola con una sonrisa. -Bueno, a ver si no me falla la memoria ... Luego que uno paralizó al pobre Santos con ese aerosol horroroso -iY no se imaginan cómo tosía!- el otro nos encañonaba, mientras que un tercero nos amarró uno a uno, de pies y manos. A mí me dejaron en esta misma silla, con una tela en la boca, y, a los demás, incluyendo a mi jefe, los lanzaron al suelo de un solo empujón... ¡Y se mandaron a mudar con los millones.

-¿Alguien quiere agregar algo a lo dicho por la señorita? -interrogó Soto. - Yo difícilmente podría aportar mucho, ya que ese maldito gas me dejó fuera de combate y con la mente confusa: sólo trataba de recuperar mi respiración -expresó el guardia, con aire cabizbajo-¡Ese condenado aerosol fue más rápido que mi pistola! -¡Recuerdo que uno de ellos era muy alto, moreno y con enormes ojos oscuros! Podría decirse que tenía aire oriental -advirtió el gerente. -¡Ay! ¡Qué horror! No vayan a ser terroristas ... ¿Se imaginan que me hubieran raptado? -gimió Peggy. -Los tres eran morenos y de cuerpos más bien fornidos -siguió Ponce-. Y si mal no recuerdo, uno tenía un lunar entre los ojos, sobre la nariz. -¿Y usted, qué me puede decir? -El inspector miró a Rodríguez. -Corroboro lo que dicen mis compañeros, y creo que puedo agregar algo: estoy casi seguro de que la patente era AA. o sea, de la comuna de Santiago. También leí los números, pero con el nerviosismo no pude retenerlos. El inspector se veía pensativo. -A ver, hagamos una reconstrucción de escena -dijo, luego de unos instantes. Abrió su libreta en una página en blanco, y se preparó a dibujar. Los empleados se pusieron de pie, salvo la señorita Peggy, que continuó en su asiento. Los cuatro hombres tomaron la misma posición en que los habían dejado los asaltantes: el señor gerente y los dos cajeros, tumbados en el suelo como sapos, mientras Santos. también contra el piso, tosía en forma estrepitosa para hacer más veraz la escena. El lápiz del inspector trabajó a toda velocidad. Una vez terminado el boceto se quedó contemplándolo unos minutos.

-Ustedes dicen que la camioneta estaba estacionada frente a la puerta, ¿no? -puntualizó. -Exactamente -respondió Ponce.

-¿Así? -y Soto levantó su dibujo para que todos lo vieran -¡Así! ¡Ay, qué bien dibuja, inspector, me hizo igualita! -se admiró Peggy. -o sea, en el dibujo no hay ningún error -insistió el inspector. -Yo diría que está perfecto -respondió Rodríguez. -Malo, malo, malo ... -musitó Soto, y siguió mirando el dibujo. Los cajeros se miraron entre ellos y la muchacha suspiró muy fuerte. El gerente se mordía las uñas. Hasta que, de pronto, los ojos de Soto se iluminaron y sus orejas parecieron crecer. -Por este dibujo, que todos han aprobado como fiel a la realidad, debo decirles que uno de ustedes mintió. Eso delata a alguien que quiere entorpecer mi labor. Y ese alguien es usted. Su dedo casi tocó la nariz de la persona aludida. El personaje acusado se defendió y negó su culpabilidad. Pero luego de un largo interrogatorio, que duró todo el día siguiente, la verdad salió a relucir. Soto, otra vez, tenía razón. y quien había desconectado el sistema de alarma para facilitar d trabajo de los ladrones terminó confesando su acción.

Lector: ¿qué hay en el dibujo del Inspector Soto que lleva a la evidencia de que uno de los empleados mintió.

BAYER de MUNICH(Grupo 7°B)

La gestión del equipo es responsabilidad de una sociedad comercial, El 75 % del capital es del club y el otro 25 % se divide entre las empresas Adidas, Audi y Allianz.

En 2024, Vincent Kompany asumió como entrenador, aunque el inicio fue complicado. El equipo sufrió una derrota en Champions ante el Aston Villa, rompiendo una racha de 41 partidos invictos en fase de grupos desde 2017.

En el máximo torneo europeo de clubes, la Liga de Campeones, el Bayern ha disputado un total de once finales, y se sitúa segundo por clasificación histórica y puntaje en este torneo. 

En cuanto a títulos conquistados, es el tercer equipo que más veces ha ganado la Liga de Campeones con seis trofeos, igualado con el Liverpool y por detrás del Real Madrid con quince. ¨

Pertenece al grupo de los únicos 30 clubes en el mundo que han ganado el máximo campeonato de clubes a nivel mundial, siendo el equipo alemán con más títulos conquistados.

Según un informe, el Bayern es el quinto equipo más popular del fútbol en Europa con 20,7 millones de seguidores, y el primero de Alemania.

En Alemania la rivalidad se da con el Borussia Dortmund —equipo frente al que posee la mayor disputa.​ A su vez, su gran rival europeo histórico es el Real Madrid. Ambos clubes son los que más partidos han disputado y más victorias tienen en la Liga de Campeones y mantienen la rivalidad más longeva.

Económicamente en 2023 el Bayern se posicionó en el sexto lugar del ranking de los clubes con mayores ingresos del mundo según la revista Forbes.

Cuando el rojo se convirtió en el color primario, el color blanco se utilizó para los uniformes de visitante. Hoy en día, el Bayern tiende a utilizar una equipación de tonos oscuros para cada temporada. La mascota oficial del club es  "el oso Berni" y su actual capitán es el arquero Manuel Neuer.

Posee 400. 000 socios, que lo convierten en el club deportivo con mayor número de socios en el mundo.

El Bayern de Múnich, conocido como FC Bayern , es una entidad deportiva profesional de la ciudad de Múnich (Alemania). Fue fundado el 27 de febrero de 1900. Es uno de los clubes de mayor prestigio en el mundo, que participa en la Bundesliga. 

Disputa sus partidos como local desde 2005 en el Allianz Arena, denominado popularmente en alemán «Schlauchboot» («bote inflable»), que cuenta con una capacidad de 75.000 espectadores,

La historia del uniforme del Bayern en realidad es bastante «caótica», —tanto así que la combinación actual de colores del club no estaba en los planes originales al momento de su fundación. Deutsche Telekom es el principal asociado publicitario y el titular actual de los derechos de la camiseta, mientras que el proveedor principal del club es Adidas. 

La versión moderna del escudo ha evolucionado. Las características principales del mismo son:

Leyenda. En forma de arco aparece plasmado el nombre del club FC Bayern München.

Rombos. En la parte central del escudo, se aprecian los rombos azules y blancos representativos de la bandera de Baviera.

Borde. El escudo se encuentra bordeado por anillos de color azul y blanco.

Adicionalmente, en el uniforme, el escudo está acompañado por cinco estrellas bordadas ubicadas en la parte superior. Dichas estrellas representan los más de treinta títulos de Bundesliga ganadas por el club.

A diferencia de lo que se pueda pensar, el club nunca tuvo vínculos con el régimen Nazi. El Bayern fue uno de los pocos clubes que se opuso al régimen de Adolf Hitler.

Es el club más laureado en la historia de la Bundesliga, con 34 títulos. A nivel internacional, el Bayern fue tercero —con un voto menos que el Manchester United— en la elección del Club del Siglo de la FIFA.

«Bayern» significa Baviera en el idioma alemán, y en los estatutos del club se encomendó que se utilizaran los colores de la bandera de Baviera —una combinación de rombos azules y blancos—.Años más tarde, consiguieron el apodo de «Die Rothen» —traducido como "Los rojos".

El actual contrato entre el club y el proveedor de indumentaria Adidas tiene vigencia hasta el año 2030, donde el club recibe un monto fijo de 60 millones de euros al año.

Durante los más de cien años de la entidad han vestido la camiseta del club una gran cantidad de jugadores que han dejado su huella Franz Beckenbauer, Rummenigge, Oliver Kahn y Lothar Matthäus,entre otros.

Franz Beckenbauer y Oliver Kahn son los jugadores que más temporadas portaron el brazalete de capitán con siete temporadas cada uno. ​


PSG-PARIS SAINT GERMAIN (Grupo 7°A)

Desde 1999, y durante gran parte de la década del 2000, el Paris Saint-Germain tuvo éxitos momentáneos conquistando 2 títulos en la Copa de Francia teniendo como gran referente al brasileño Ronaldinho Gaucho y a los jugadores estrellas Zlatan Ibrahimović y David Beckham, entre otros .

El club mantiene una intensa rivalidad con el Olympique de Marsella, con quien disputa el partido de fútbol más famoso en Francia, conocido como Le Classique.

Disputa la Ligue 1, máxima categoría del fútbol francés, donde ha ganado trece Ligas, dieciséis Copas, nueve Copas de Liga, trece Supercopas, lo que lo hace el club más laureado de Francia con 52 títulos oficiales a nivel nacional.

Qatar Investment Authority se convirtió en el dueño absoluto del Paris Saint-Germain en 2012 después de comprar el 30% restante ya que había comprado el 70 % de participación durante el año anterior. El precio total de transferencia de acciones fue de 100 millones de euros. El presidente del club es el catarí Nasser Al-Khelaïfi.

Es uno de los cinco clubes franceses que han ganado títulos europeos, al haberse coronado campeón de la Recopa de Europa de 1996, la Copa UEFA de 2001, la Supercopa de Europa de 2025 y la Liga de Campeones de la UEFA de 2024-25, derrotando 5-0 al Inter de Milán y consiguiendo de esta forma su primer título en la competición.

En la temporada 2006-07 terminó en el decimoquinto puesto, quedando a sólo tres puntos del descenso.

Paris Saint-Germain Football Club, conocido por sus siglas PSG, es una entidad polideportiva francesa con sede en París, Francia. Fue fundada el 12 de agosto de 1970. Disputa sus encuentros como local en el estadio "Parque de los Príncipes", con capacidad para 47 929 espectadores, que ha sido su sede desde 1973.

Como último dato competitivo resultó subcampeón de la Copa Mundial de Clubes de la FIFA 2025.

El PSG presentó su himno oficial y la mascota en 2010, con la melodía de "Go West" de Pet Shop Boys, "Germain el lince" es la mascota oficial del club. El PSG cuenta con una sección femenina de fútbol desde 1971.

El PSG en la temporada 2013-14. se propuso obtener más refuerzos como Edinson Cavani y Marquinhos.

Le Coq Sportif fue el proveedor del PSG desde 1970 hasta 1986, en que Adidas pasó a ser el único proveedor del club hasta 1989, fecha de la firma con Nike hasta la actualidad.

Entre los jugadores del club con más años de  actividad en la actualidad del club el brasileño Marquinhos es el jugador que más partidos, temporadas y goles acumula. El brasileño lleva 41 goles acumulados en 12 temporadas.

El club se situó como el referente del fútbol francés, circunstancia que, sin embargo, no lograba en el panorama europeo.

En 2015 adquirió al jugador argentino Ángel Di María dos años más tarde en 2017 al jugador del FC Barcelona Neymar en 220 millones de euros y lo fichó como el nuevo estandarte deportivo del club, con el principal objetivo de conquistar la Liga de Campeones.

El escudo del club cuenta con una silueta roja de la Torre Eiffel con la cuna real de Luis XIV en blanco por debajo de la torre sobre un fondo azul con borde blanco. ​ El escudo inspiró a afamados diseñadores para crear la tradicional camiseta del club, azul con una barra roja vertical central enmarcada por orlas blancas.

En 2018 llegó al club Kylian Mbappé en préstamo procedente del Monaco, por más de 180 millones de Euros y en 2021 el PSG sumó al astro argentino Lionel Messi, que se marchó del FC Barcelona luego de 17 temporadas,

En el verano de 2023, el Paris Saint-Germain emprendió una renovación radical de su plantilla, marcando el fin de una era de grandes nombres como Messi y Neymar , el club optó por un nuevo proyecto encabezado por Luis Enrique, quien asumió el rol de entrenador .Con una apuesta clara por la juventud, el PSG incorporó a jugadores como Manuel Ugarte y Ousmane Dembélé.

​En 2025, El Paris Saint-Germain logró su primer título de la Liga de Campeones de la UEFA en su historia. goleando al Inter de Milán por 5-0 en la gran final.

3-El caso de las perlas grises

La señora Fernández cumplía cincuenta años y esa noche recibiría a sus amigos más íntimos a cenar. De pie frente al espejo de medialuna se contempló otra vez. ¿Representaba los cincuenta? Según Álvaro, su marido, nadie diría que sobrepasaba la cuarentena, pero ella a veces dudaba de tales afirmaciones. Aunque la vida no le había sido difícil, ni mucho menos, sus ojos ya sin el brillo de la juventud, sus carnes un poco sueltas bajo la barbilla y esas malditas manchas en las manos revelaban a la futura abuela.

Suspiró y terminó de acomodar sus cabellos en un moño. El vestido dejaba ver un cuello desnudo, empolvado y blanco, listo para recibir el regalo de Álvaro. Por supuesto que lo había elegido ella misma, y había sido la primera vez en su vida

que una joya le producía tal placer: ¿sería que los años le habían traído también un apego a las cosas materiales? ¿O era un inconfesado deseo de impactar a su amiga Lulú, que se jactaba siempre de tener las joyas más lindas de Santiago? Con una sonrisa, derramó gotas de perfume tras sus orejas.

-Adela, ¿no será un poco excesivo esperar a las doce de la noche para entregarte el regalo delante de todos? -oyó la voz de su marido desde el baño.

-Es parte del regalo, querido; el collar, acom­pañado de la mirada de Lulú, será mi fiesta. y te lo digo en serio.

-¡Curiosa amistad la tuya con Lulú! -mur­muró Álvaro, frunciendo la nariz. Terminaba de afeitarse.

A las diez de la noche la casa de los Fernández resplandecía de luces y flores. Los invitados co­menzaron: a llegar. Lulú, la primera, vestida de seda negra con collar y aros de mostacillas que realzaban la palidez de su piel. Lo único de color en ella eran sus largas uñas rojas. Sergio, su marido, hombre barrigón y entrado en años, paseaba con aire distraído mirando los cuadros colgados en las paredes.

-¿Sigues admirando a Pacheco Altamirano, Sergio? -preguntó Víctor Astudillo, haciendo tintinear los hielos en su vaso de whisky.

-Tú sabes, Víctor, que yo me entiendo más con números que con arte -le contestó Sergio, palmeteando el hombro del más bohemio de sus amigos.

-Deberíamos asociarnos, Sergio –bromeó Astudillo-. Yo pongo mi ojo de conocedor y tú el capital: tengo un proyecto excelente, ¡y este sí no me fallará!

La dueña de casa lanzó una mirada disimulada a su marido: era el mismo Víctor de siempre a la caza de un negocio que le permitiera vivir y obtener dinero sin esfuerzo.

-Estoy en tiempo de vacas flacas, amigo -Sergio tenía cierto aire de preocupación-. Por primera vez me he quedado sin dinero para invertir y te lo digo en serio.

Astudillo levantó los hombros con desaliento e hizo un gesto con su mano, como para quitar importancia al asunto.

Adela, entonces, ofreció:-¿Más whisky, Víctor?

-Sí, gracias. Y si quieres, agrégame un par de cubos de hielo.

En ese momento llegaban los tres invitados, el matrimonio Gómez, jovial y alegre, cantando el cumpleaños feliz y Laura, la amiga soltera de Adela que pasaba por una de sus crisis existenciales.

-Les anuncio que me voy a Europa; Santiago me ahoga -declaró Laura, con sequedad.

-¿Te ganaste la lotería, Laura? ¡Invítame!-bromeó Víctor, levantando su ceja derecha.

-¿Lotería? ¡Ja! Esa siempre se la ganan los ricos, Víctor -contestó ella con gesto escéptico-Por suerte existen los créditos.

-Pero los créditos hay que pagarlos –insistió Víctor.

-Ese es problema mío. Y no estoy de ánimo hoy para discutir asuntos materiales. ¡Venga un champán, querida Adela!

Adela miraba el reloj con impaciencia y los invitó al comedor.

Se sentaron en torno a una mesa ovalada cu­bierta por un mantel de encajes y dos candelabros de plata hacían juego con los cubiertos.

Los Gómez -él, alto y de bigotes tiesos; ella bajita y de anteojos- no dejaban de hablar ni de contar sus problemas domésticos.

-Mi Martita sueña con un anillo como los de Lulú, pero yo le digo que primero está cambiar el auto y alfombrar la casa -dijo Gómez, moviendo sus bigotes al hablar.

Martita, para apoyar a su marido, estiró su mano desnuda y dijo con mucha suavidad: -Mientras tanto, me estoy dejando crecer las uñas.

Víctor hizo tintinear los cubos de hielo dentro del vaso y dijo:

-Muy interesante la conversación, pero permítanme interrumpirlos para excusarme por se­guir cenando con whisky en lugar de vino: ¡no me gusta mezclar!

-Antes la salud que la buena educación -bromeó con estruendo Gómez.

En ese momento Adela miró el reloj por segun­da vez en la noche: eran casi las doce. Hizo una seña disimulada a su esposo Álvaro; entonces alzó sus manos y pidió silencio:

-Adela, ¿qué prefieres? ¿La sorpresa antes o después de la torta?

-¿Sorpresa? -exclamó Adela, fingiendo asombro, aunque inconscientemente tocó su propio cuello-. ¡Por favor, ahora! No quiero ni pensar en las velas que traerá la torta. Álvaro insistió en que no debía faltar ni una ...

-¡Ay, tantas velas! ¡Qué horror! -se escuchó musitar a Lulú. Álvaro dijo "permiso" y se puso de pie. Demoró unos segundos en sacar un es­tuche negro de su bolsillo, ante una audiencia expectante. Adela no contenía su nerviosismo y miraba a Lulú de reojo.

Cuando Álvaro abrió el estuche, catorce ojos estaban fijos en él.

-¡Oh! -fue el murmullo general cuando apareció la joya: tres vueltas de perlas naturales grises y tornasoladas cubrieron el desnudo cuello de Adela.

-¡Querido! ¿ Cómo pudiste? ¡Gracias! –dijo Adela, poniéndose de pie para besar a su marido y observar a hurtadillas la expresión de su amiga.

-¡Vaya, este sí que es un marido espléndido! Una sola de esas perlas pagaría mi viaje a Europa de ida y vuelta -comentó Laura, amargada.

-¡Alégrate, mujer, alégrate! No siempre una amiga cumple cincuenta años -observó Lulú.

-¡La torta! ¡La torta! -pidió en ese momento la señora Gómez, con tono infantil.

-¡No te apures tanto, Martita! Antes brinde­mos por esas perlas. Hacía tiempo que no veía algo tan bello y auténtico -interrumpió Víctor levantando su vaso de whisky.

-Tienes una fortuna en tu cuello, querida Adela -comentó Sergio-Supongo que lo habrás asegurado, Álvaro.

-Aún no -contestó el aludido.

Los Gómez, mientras tanto, observaban en silencio y abstraídos la triple hilera de perlas grises y nacaradas.

En ese momento entró un enguantado mozo con una enorme torta entre sus manos.

-Apaguen la luz -ordenó Álvaro.

Martita Gómez se levantó y se acercó al inte­rruptor. Bastó un movimiento para que el comedor quedara iluminado solamente por la luz de las cincuenta velitas.

Adela se puso de pie y se acercó a la torta. Los otros la rodearon. Sopló, y cuando apagaba las últimas cinco pequeñas llamas, todos gritaron y Adela se sintió abrazada por sus amigos.

Entre besos y felicitaciones pasaron algunos segundos hasta que alguien nuevamente prendió la luz. En ese momento se oyó el grito: -¡Mi collar!

Los invitados estaban ahora sentados en el living.

Adela, en un sillón, miraba, pálida y nerviosa, a su esposo que se paseaba a lo largo del salón.

-Si es una broma, ya dura demasiado –dijo Álvaro con voz seca-. Ese collar me ha costado varios miles de dólares y debe aparecer ahora.

-¿No sentiste nada en el cuello? -inquirió la señora Gómez, con una mirada asustada tras sus gruesos anteojos.

-Bueno, todos me abrazaron. Solamente que,no, no sé. ¡Estoy tan confundida! -gimió Adela.

-Tienes que pensar bien, Adela -habló Álva­ro-, esto no es broma.

-Alguien tiene el collar, y de eso no tengo la menor duda. ¿Por qué no comienzas por interro­gar al mozo? -preguntó Lulú, molesta.

-Eliseo está fuera de duda -replicó seguro y aún más serio el dueño de casa-. Está con noso­tros hace veinte años y pongo mis manos en el fuego por él. Además, en ese momento se había retirado.

-¿Manos al fuego, dijiste? -saltó Adela con la voz aguzada-.

-¿De qué hablas? -preguntó la voz tensa de Sergio, a su lado.

-¡Manos! ¡Pero muy heladas! ¡Eso fue lo que sentí en el cuello! ¡Unos dedos muy, muy helados,y luego el pequeño tirón! Miró trémula a su esposo.

Álvaro observó a sus invitados uno por uno y se decidió:

-Amigos míos, tendré que llamar a la policía, porque entre ustedes está el ladrón.

Lo que siguió, mientras el dueño de casa se dirigía al teléfono, no es difícil de adivinar: voces miradas, un intento de desmayo de Laura y sollozos de Lulú. Los Gómez, muy juntos, se abrazaban.

Laura, recostada en el sillón, miraba con terquedad un punto fijo del cuadro de Pacheco Altamirano.

Lulú, con ojos ausentes, jugueteaba con sus cadenas de oro. Víctor sostenía firme el vaso de whisky con hielo que no había abandonado en toda la noche. Sergio, por su parte, sentado junto a la dueña de casa, movía nervioso el pie, frunciendo el ceño.

Pronto se oyeron las campanillas del timbre: La Policía.

Cuando el inspector Soto irrumpió en el living, el dedo de Álvaro apuntó a uno de sus invitados: -Creo, señor inspector, que esa es la persona culpable.

Y sucedió que no se equivocaba. Las pesquisas del inspector, famoso por su eficiencia –y también por sus grandes orejas-, corroboraron su afirmación.

Y bien, lector, ¿podrías deducir tú, al igual que Álvaro, quién es el ladrón y qué lo delató

2-El caso de las libretas de notas

El tercero A del colegio Buenaventura era un curso bastante revoltoso. Ese viernes entrega­ban las notas del trimestre y la señorita Leonor dejó el alto de libretas blancas en una esquina de su escritorio. La totalidad de los veinticuatro alumnos fijó sus ojos muy abiertos en ellas: el pa­norama que presagiaban esas libretas no era muy alentador.

-Tengo rojo en matemáticas -susurró la histriónica Marcela.

-Y yo en química -cuchicheó Andrés, pálido por encima de sus pecas.

-¡Adiós, fiesta! -suspiró Catalina, soplando con desánimo su flequillo.

-¡Silencio! -interrumpió la señorita Leonor-.

-Quiero decirles que en general el rendimiento del curso durante este trimestre ha sido pésimo, y las notas, muy malas ... Repartiré las libretas durante la última hora de clases y tendrán que traerlas firma­das el lunes, sin falta-

La profesora, luego de sentarse en su silla, llamó a Mauricio al pizarrón. El muchacho, que tenía fama de sabiondo, comenzó a resolver una complicada ecuación y la clase siguió lenta y pesada. Media hora después, una campanilla animó levemente las sonrisas en los rostros: todos guardaron sus libros y salieron al recreo.

-¿Cómo convencer a la profe para que no nos entregue las notas hasta el lunes? -preguntó Marcela, sin ánimo ni para comer su sándwich de queso.

-¡Sueñas! -le contestó la lánguida Constanza.

-Es que el asunto es grave: ¡nos quedaremos sin fiesta, Connie! ¿No te das cuenta?

-¡Claro que me doy cuenta! ¿Por qué crees que estoy tan deprimida- El gesto de Constanza era de absoluto desalien­to.

Se afirmó en la vieja palmera, en una pose de actriz dramática. En ese momento se acercó Mauricio:

-Al paso que van mis queridas compañeras, tendré que bailar solo en la fiesta si entregan hoy las libretas ...

-¡El genio Mauricio! ¡Nunca pierde la oportu­nidad de hablar de sus ingeniosas ocurrencias! -co­mentó Marcela, dándole la espalda.

-No sean tontas, chicas, si lo único que quiero es que todos vayamos a la fiesta.

-Nosotras también queremos. ¿Qué propone el genio? -interrogó Constanza, sin perder su desgano.

-Un ardid para evitar que nos entreguen las libretas -respondió Mauricio, muy serio -No olviden que tengo que conquistar a Catalina-

Al poco rato, la campanilla anunció el final del recreo y el comienzo de la última hora de clases.

Marcela, al oír esto, levantó una mano y gritó:-¡Eh! ¡Tercero A! ¡Reunión: el genio tiene su plan!

-No seas tonta, Marcela, si usaras más tu cabeza... Mauricio llevó un dedo a su propia sien y luego se alejó con expresión seria.

Andrés y Catalina se acercaron a las dos ami­gas, que se habían quedado mudas, contemplando a Mauricio.

-Con Catalina hemos estado pensando que hay que evitar, como sea, la entrega de esas notas.

-Otro genio que descubrió América: ¡todos sabemos que con esas notas hay que olvidarse de la fiesta! -Se enojó Marcela -Pero hasta ahora nadie ha propuesto una solución.

Connie golpeó con rabia el tronco de la palmera y luego, con un gesto asustado, mostró la yema de su pulgar herido por una pequeña astilla.

-Una que se fue a la enfermería –comentó Andrés.

-Y otra que se va a la biblioteca: tengo que devolver un libro -Catalina partió corriendo.

Andrés y Marcela quedaron pensativos.

-Bueno, no me queda otra que resignarme a un sábado sin fiesta: estoy sentenciado –dijo Andrés con tono sepulcral.

Marcela quedó sola: -¿Resignación?-repitió para sí- . ¡Ah, no, eso nunca! -Y caminó a grandes zancadas en di­rección opuesta a la de su amigo.

Al poco rato, la campanilla anunció el final del recreo y el comienzo de la última hora de clases.

Los alumnos entraron a su sala en forma estrepi­tosa y cada uno tomó asiento en su lugar. En ese momento estalló la voz de la profesora: -¿Quién sacó de aquí las libretas de notas?

La señorita Leonor insistió, en tono aún más agudo: -Repito, por si no han entendido: ¿quién sacó de aquí las libretas?

Los alumnos se miraron asombrados, pero ni una palabra salió de sus bocas.

La profesora, entonces, se levantó de su silla.

-Niños: esto no es broma. Es gravísimo. Por última vez: ¿quién fue el gracioso o la graciosa? Es mejor que se levante ahora.

Ni un suspiro se escuchó. Marcela observaba a sus compañeros en una inmovilidad total. Connie miraba a Marcela. Mauricio disimulaba una sonrisa con Catalina. Andrés rayaba con insistencia la tapa de su cuaderno. Un aire de expectación, mezclado con alegría mal disimulada, flotaba en el ambiente.

La voz de la profesora ahora amenazaba:

-Ustedes saben que esto es motivo de expul­sión, pero les daré una última oportunidad: me iré de la sala solo por cinco minutos, y si a mi regreso no están las libretas sobre el escritorio, comunicaré el hecho a la Dirección.

Calló unos segundos y luego prosiguió:

-Les doy una oportunidad para ser honestos. Si se presenta el culpable, el castigo no será tan drástico. Si no sucede así, alguien arrastrará a todo el curso con él. Y salió de la sala.

En el primer momento nadie habló ni se mo­vió. Estaban todos paralizados. Hasta que de pronto una figura -conocida por los lectores- se incorporó de su banco y caminó hacia el casillero de los útiles. Tomó con ambas manos el alto de libretas, escondidas tras las cajas de tiza y, ante el estupor de sus compañeros, avanzó hacia el escri­torio de la señorita Leonor. Cumplido el plazo, cuando la profesora regre­só, las veinticuatro libretas blancas ya estaban en su lugar.

La señorita Leonor las tomó sin decir ni una palabra. El curso entero estaba pendiente de sus más mínimos gestos. La oyeron suspirar y vieron cómo trataba, al parecer, de borrar una manchita sobre la primera libreta. Su cara no reflejaba ninguna emoción; pero a sus alumnos, que ya la conocían, no les cupo duda de que ella estaba decidiendo algo.

En ese momento habló: -Bien, ahora falta que se presente el culpable.

Como el silencio se prolongaba, la maestra caminó entre los escritorios para observar con detención a sus alumnos. Los niños, nerviosos, se mantenían inmóviles. Catalina apenas si respiraba; Mauricio se mordía el labio; Connie daba vueltas al anillo en su dedo; Andrés retorcía el lóbulo de su oreja y Marcela había cerrado los ojos en actitud de mártir.

Cuando el recorrido hubo finalizado, la voz fue tajante: -Quiero que sepan que ya me he enterado de quién es el responsable. Y dijo un nombre. La profesora no se equivocaba.

Con gesto compungido, la persona aludida confesó su culpa.

Autor: Jacqueline Balcells y Ana María Güiraldes

Del libro "Trece casos misteriosos"-Editorial Adres Bello

CONTESTAR

1- a-Escribir el argumento del texto en un máximo de 5 renglones.

b-Escribirlo al mismo en 3 renglones.

c-Escribirlo en un renglón y medio sólo.

2-La señorita Leonor fue muy inteligente y observadora:

¿Qué vio ella en su paseo entre los alumnos que la llevó a descubrir al culpable?

3-Cuenta en forma escrita algun suceso que recuerdes que te sucedió en la escuela.



1-El caso de la moto embarrada

Marcelo, Gonzalo, Ignacio y Felipe rodeaban la moto negra y brillante de Rodrigo. Marcelo clavaba sus ojos extasiados en los rayos de las grandes y potentes ruedas que hacían adivinar la velocidad que podían alcanzar. Gonzalo acarició el manubrio, tocó con la punta de sus dedos el acelerador manual y elevó sus cejas en un gesto de admiración.

-¡Fiuu! -silbó Felipe, con las manos en los bolsillos de sus parchados jeans.

-¿Puedo probarla? -preguntó Ignacio con ansiedad.

-¡Nones! Ese es mi privilegio -fue la res­puesta categórica de Rodrigo.

-¡No seas mal amigo! -dijo Gonzalo, entre serio y bromista.

-No soy mal amigo: ¡ni yo la puedo usar aún! Prometí a mi papá que no andaría en ella hasta tener licencia de conducir.

-O sea que nunca la vamos a usar –dedujo Marcelo con gesto de desaliento.

-Me temo que no todavía si no tienen tampo­co la licencia -se encogió de hombros Rodrigo.

Los amigos se quedaron en silencio.

-¿Te imaginas el impacto que yo causaría en Francisca si me viera llegar en esa moto? -sus­piró Gonzalo.

-¡Fiuuu! -fue la respuesta de Felipe, aún con sus manos en los bolsillos y acariciando la moto, ahora con su mirada. Rodrigo golpeó sus palmas.

-Bueno, por hoy se guar­da-dijo, mientras empuja­ba suavemente el vehículo hacia el garaje-. ¡Acuér­dense de la prueba de química de mañana!

-¡Tener una moto nueva y pensar en estu­diar! -comentó Marcelo.

-¿Y vas a dejar la llave puesta? -se sorpren­dió Ignacio.

-¿Estás loco? La deja­ré escondida -y Rodrigo colgó la llave en un clavo, bajo un mesón atiborra­do de botellas y tarros de pintura viejos. Luego de dar una úl­tima ojeada a la moto y de preguntar a su dueño todo tipo de detalles técnicos, los amigos volvieron a recordar su prueba de quími­ca. Su único pensamiento durante el viaje hacia la calle y se despidieron apresurados.

Ignacio, Marcelo, Felipe y Gonzalo se alejaron arrastrando sus zapatillas deportivas y las manos en los bolsillos de los gastados jeans. Uno a uno fueron entrando en sus casas del barrio.

Cuando Marcelo, el último en traspasar la reja de su antejardín, llegaba a la puerta de entrada, la lluvia comenzó a caer copiosa.

A las once de la noche, un par de zapatillas blancas saltaron, esquivando charcos y llegaron hasta el garaje de Rodrigo. Una mano nerviosa abrió la puerta y buscó bajo la mesa con botellas y tarros. Luego, la figura enfundada en jeans em­pujó silenciosa la moto hacia la calle solitaria.

Dos horas después, la misma figura repetía la operación, pero a la inversa. Después una puerta se cerró con un tenue chasquido.

A la mañana siguiente, los cinco amigos se le­vantaron temprano para ir a clases. Pero Rodrigo, antes de salir, abrió el garaje para dar el primer vistazo del día a su flamante moto. De pronto, algo llamó su atención: las relucientes ruedas del día anterior y los impecables cromados que habían despertado la admiración de sus amigos, estaban ahora llenos de salpicaduras de barro. Su ceño se endureció y buscó las llaves: allí estaban, en el mismo lugar donde él las había dejado. Tuvo un momento de indecisión, pero miró la hora y salió corriendo para alcanzar el bus que pasaba por la esquina.

Su único pensamiento durante el viaje hacia la universidad fue tener una rápida reunión con sus amigos y aclarar con ellos el misterio. Alguien tendría que explicar muchas cosas, porque –no cabía duda- uno de ellos había sacado durante la noche su fabuloso regalo.

Luego de la prueba de química, que fue difícil y larga, los cinco estudiantes de primer año se reunieron en la casa de Felipe, invitados por este a tomar unas bebidas. Todos bromeaban, ya relajados de haber pasado la prueba, menos Rodrigo, que miraba hosco a cada uno de sus compañeros.

-Ánimo, hombre. ¡Tan mal no te puede haber ido! -bromeó Marcelo, dirigiéndose al serio amigo.

-Estás con cara de funeral -comentó Gonza­lo, subiendo el volumen de la música.

-¡Y teniendo esa moto, andar así me parece increíble! -El tono de Felipe era de enojo.

Ignacio, por su parte, solo se encogió de hombros, mientras tomaba un sorbo de su bebida.

Rodrigo se puso de pie y apagó con gesto brusco el equipo de música.

-Tengo que hablar con ustedes a propósito de la moto -comenzó.

Todos lo miraron, extrañados de su gravedad.

-¿Qué te pasa, Rodrigo? -preguntó Felipe, sirviendo más bebidas en cada vaso.

-Alguien sacó mi moto anoche y la dejó toda embarrada -dijo bruscamente Rodrigo.

Los otros se miraron en silencio y, antes de que dijeran algo, Rodrigo insistió, con tono duro:

-Necesito que cada uno de ustedes me diga lo que hizo anoche.

-¿Y por qué dudas de nosotros? -habló pri­mero Ignacio, levantando hombros y manos en un gesto de extrañeza.

-Porque son los únicos que conocían el escon­dite de las llaves.

-¡Medio escondite! -se escuchó decir a Marcelo.

-¿Qué hiciste anoche, Marcelo? -preguntó el dueño de la moto.

-Yo, mi viejo, comí, me acosté, intenté estu­diar en la cama y me desperté esta mañana con el libro en la cara.

-Lo que es yo, me dediqué a estudiar y luego me relajé con un superbaño de tina antes de acostarme -dijo Felipe.

-Yo, después de estudiar, vi la última pelícu­la de la noche. Claro que no me pregunten cómo se llamaba, porque era de esas antiguas -explicó Ignacio.

-¿Y tú, Gonzalo?-preguntó Rodrigo, serio.

-Yo fui a ver a Francisca. Tengo derecho a pololear, ¿no?

-¿Hasta qué hora? -volvió a inquirir Rodrigo.

-Hasta las, ¿once, serían?, ¡qué importa! De ahí, derecho a estudiar química.

En ese momento los muchachos se pusieron de pie para saludar a la mamá de Felipe, que en­traba en el living.

-¿Qué tal? -dijo ella, afable. Y dirigiéndose a Marcelo, añadió-: Parece que hubo barullo ano­che en tu casa…

-¿Barullo? -se sorprendió el aludido.

-¿Cómo? ¿No te enteraste?

La expresión de Marcelo era de real consternación.

-Es que ... soy de sueño pesado ... y salí tan temprano en la mañana ... ¡Nadie me dijo nada!

La señora sonrió.

-¡Estos jóvenes! Sucede que a tu mamá anoche le dio un ataque a la vesícula y el doctor

López, nuestro vecino, tuvo que ir a verla. Claro, no quisieron despertarte. ¿Y cómo les fue en la prueba?

Los amigos abrieron la boca para responder al torrente de palabras de la señora, pero esta, sin dar lugar a que otro hablara, siguió dirigiéndose a Gonzalo:

-"Gonza" supe que Francisca está con hepatitis.

Todos miraron a Gonzalo.

-¿ Y cómo no nos habías contado? –preguntó Felipe.

-¿Y por qué tenía que contarles? -se defendió el amigo, algo molesto.

-Tan reservado este niño -siguió la mamá de Felipe-. Me dijo la señora del doctor Pérez que tenía para un mes de cama -y, cambiando el tema, gritó hacia la cocina-: Laura, ¿es el cartero el que acaba de tocar el timbre?

No-de inmediato se oyó una voz joven-. -Es el plomero que viene a ver por qué el calefón no funciona.

-Ah, ¡finalmente!, porque ayer lo esperamos durante el día entero. Ojalá que no suceda lo mismo con el electricista, porque después del corte de luz que tuvimos anoche, algo pasó con la lámpara del baño. ¡Todos los desperfectos vienen juntos! ¿A ustedes no se les cortó la luz anoche? -preguntó, dirigiéndose a todos a la vez.

Los jóvenes, un poco mareados con tanta conversación, se encogieron de hombros, menos

Ignacio, que contestó amable:

-Solamente parpadeó un poco, mientras veía la película.

-¿Tú también viste esa película maravillosa de la Meryl Streep? -inició una nueva conversación la señora.

-Sí, sí, claro -respondió Ignacio, mirando de reojo a Marcelo, con cara de "¡hasta cuándo!".

Por suerte para los muchachos, la voz de la muchacha desde la cocina se volvió a escuchar:

-Señora, ¿podría venir?

Ella, entonces, prometiendo volver más tarde,· salió de la habitación.

Rodrigo, cabizbajo, miraba los dibujos de la alfombra. Cuando levantó la cabeza, sus ojos se clavaron en uno de sus amigos.

-Ahora sé que fuiste tú -afirmó. El rostro de uno de los muchachos enrojeció:

-Perdóname, no me aguanté la tentación-dijo de inmediato.

-Pero prometo lavártela y dejarla brillante y reluciente como cuando te la trajeron.

-¡Qué sea por un mes!- dijo sonriendo Rodrigo.

Y los amigos terminaron entre risas y chanzas.

FIN

LECTOR: ¿cómo supo Rodrigo quién había sacado su moto?

¿Cúal de sus amigos evidentemente mintió?

Autor: Jacqueline Balcells y Ana María Güiraldes

Del libro "Trece casos misteriosos"-Editorial Adres Bello

Actividad 3- del Módulo Introductorio: visionado del siguiente video. Luego contestar a las consignas.

Actividad 2- del Módulo Introductorio: visionado del siguiente video. Luego contestar a las consignas. 

Observar los siguientes videos y reconocer todas las marcas de oralidad que se aprecien 

Observar el siguiente video y contestar las consignas del pizarrón